La directora de las Licenciaturas en Gestión ambiental, Higiene y Seguridad Laboral de la UBP analizó el impacto ambiental y sanitario del conflicto de Medio Oriente
La guerra invisible: el costo ambiental y sanitario del conflicto en Medio Oriente
Por: Mgtr. Eugenia Alaniz, Directora de las Licenciaturas en Gestión ambiental y en Higiene y Seguridad Laboral. Coordinadora del Área ambiental del Instituto de Investigación en Desarrollo Sostenible Universidad Blas Pascal.
Mientras el mundo observa la escalada militar entre Israel, Irán y Estados Unidos, una dimensión crucial del conflicto permanece en gran medida fuera del debate público: el profundo impacto ambiental que dejan las guerras modernas. Bombardeos, incendios de instalaciones energéticas, explosiones de misiles y drones, destrucción de ciudades y colapso de infraestructuras básicas generan una contaminación persistente que afecta durante décadas al aire, el agua, los suelos y la salud humana.
El conflicto actual se suma a un largo historial de guerras en la región que han dejado una huella ecológica profunda. Desde la Guerra del Golfo de 1991, cuando más de seiscientos pozos petroleros fueron incendiados en Kuwait liberando millones de toneladas de humo y contaminantes a la atmósfera, hasta las guerras en Irak, Siria y los enfrentamientos recientes en Gaza en 2023, Medio Oriente acumula una carga ambiental que aún no ha sido completamente evaluada ni reparada.
La guerra moderna introduce en el ambiente una compleja mezcla de sustancias químicas. Los misiles y sistemas de propulsión utilizan combustibles altamente tóxicos como hidrazina y dimetilhidrazina, compuestos que pueden contaminar suelos y acuíferos durante décadas. Cuando estos sistemas explotan o son destruidos liberan además residuos de explosivos como TNT, RDX y otros compuestos nitroaromáticos. A esto se suma la dispersión de metales pesados presentes en las municiones y en las estructuras de los proyectiles, como plomo, cobre, antimonio, tungsteno y aluminio pulverizado. Muchos de estos elementos no se degradan en el ambiente y pueden permanecer en el suelo durante siglos.
Uno de los episodios ambientales más graves asociados a la guerra ocurre cuando los ataques militares alcanzan instalaciones energéticas. Refinerías, depósitos de combustible y plantas industriales pueden transformarse en gigantescas fuentes de contaminación cuando son bombardeadas. Los incendios liberan dióxido de azufre, óxidos de nitrógeno, compuestos orgánicos volátiles e hidrocarburos aromáticos policíclicos, muchos de ellos altamente cancerígenos. Las partículas finas producidas por estos incendios pueden viajar cientos de kilómetros transportadas por el viento, afectando regiones enteras.
En los entornos urbanos devastados por bombardeos, el colapso de edificios libera grandes cantidades de polvo tóxico. Ese polvo contiene cemento pulverizado, sílice, fibras de asbesto, restos metálicos y microplásticos provenientes de materiales de construcción. Durante días o semanas estas partículas permanecen suspendidas en el aire antes de depositarse sobre suelos y cursos de agua, generando un ciclo persistente de contaminación. En estas condiciones los sistemas de salud registran incrementos de enfermedades respiratorias, crisis asmáticas, bronquitis y problemas cardiovasculares.
Los suelos agrícolas también sufren impactos profundos. Los cráteres de explosiones, los restos de municiones y la contaminación química pueden transformar áreas fértiles en terrenos improductivos. Los metales pesados liberados por las municiones pueden ser absorbidos por las plantas e ingresar en la cadena alimentaria. En escenarios de guerra anteriores se han encontrado niveles elevados de contaminantes en suelos agrícolas incluso décadas después del final de los combates.
La destrucción de ecosistemas agrava aún más la crisis. Campos cultivables, pastizales y zonas húmedas pueden quedar devastados por incendios, explosiones o contaminación por combustibles. La pérdida de estos ecosistemas no solo afecta a la biodiversidad sino también a la capacidad de las comunidades locales para producir alimentos. En regiones donde la agricultura depende de sistemas de riego complejos, la destrucción de canales, represas y estaciones de bombeo puede interrumpir la producción agrícola durante años.
Este deterioro ambiental tiene consecuencias directas sobre la seguridad alimentaria. Cuando los suelos se degradan y los sistemas de agua colapsan, la producción de alimentos disminuye drásticamente. Las comunidades afectadas se vuelven dependientes de ayuda humanitaria y aumenta el riesgo de crisis alimentarias.
La destrucción del entorno natural también impulsa procesos de migración. Cuando la tierra ya no produce alimentos, el agua potable se vuelve escasa y la contaminación afecta la salud de la población, muchas personas se ven obligadas a abandonar sus hogares. En Medio Oriente, millones de desplazados no solo huyen de la violencia directa de la guerra, sino también del colapso ambiental que esta provoca. Estas migraciones ambientales pueden prolongarse durante décadas, generando presiones sociales y económicas en las regiones receptoras.
El agua constituye otra víctima central de los conflictos armados. Las infraestructuras hídricas —plantas de tratamiento, sistemas de desalinización, redes de distribución y sistemas de saneamiento— suelen resultar gravemente dañadas durante los combates. Cuando estas instalaciones colapsan, las aguas residuales se mezclan con fuentes de agua potable, generando riesgos sanitarios graves. En regiones áridas como gran parte de Medio Oriente, la pérdida de infraestructura hídrica puede desencadenar crisis humanitarias prolongadas.
Además de estos impactos locales, la guerra contribuye al cambio climático global. La actividad militar genera emisiones significativas de gases de efecto invernadero a través del uso intensivo de aviones, vehículos militares, transporte logístico y destrucción de infraestructuras energéticas. Los incendios de depósitos de petróleo o gas pueden liberar enormes cantidades de dióxido de carbono y otros gases contaminantes.
Las consecuencias sanitarias de esta contaminación suelen manifestarse mucho después del final de los combates. Estudios realizados en zonas afectadas por guerras anteriores han documentado aumentos de cáncer, enfermedades respiratorias crónicas, problemas neurológicos asociados a la exposición a metales pesados y trastornos reproductivos. Los efectos pueden aparecer años después de la exposición inicial, lo que dificulta establecer vínculos directos entre la guerra y las enfermedades.
El daño ambiental acumulado de los conflictos en Medio Oriente plantea un desafío enorme para la reconstrucción futura de la región. La restauración de suelos contaminados, la recuperación de acuíferos y la reconstrucción de ecosistemas degradados pueden requerir décadas de trabajo y enormes recursos económicos.
En este contexto, la guerra deja de ser únicamente un fenómeno militar o político. También se convierte en una crisis ecológica de largo plazo dejando una herencia ecológica de contaminación, degradación de la tierra y crisis sanitarias que continuará afectando a generaciones enteras mucho después de que cesen los combates.