14/03/2015 "Alejandro Romanutti: Vivo en varios mundos simultáneos" - Universidad Blas Pascal
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14/03/2015 “Alejandro Romanutti: Vivo en varios mundos simultáneos”

La Voz del Interior. Entrevista al Arq. Alejandro Romanutti, docente de la UBP.

 

Link: Alejandro Romanutti: Vivo en varios mundos simultáneos

 

Alejandro Romanutti, docente de la UBP.

 

Es un personaje único, arquitecto, profesor de Historia del Arte, director del grupo teatral Fra Noi, y se hizo cargo del negocio familiar de electrodomésticos en Colonia Caroya. Desde ese lugar en el mundo, dirigió obras inolvidables, como “La Friche” o “2-4D”.

 

El patio es grande y está lleno de plantas y flores que, como en un jardín inglés, se superponen en un desorden preciso y calculado. Atardece en Colonia Caroya y en el fondo del jardín brillan una pileta azul y una mesa recubierta de azulejos partidos.

 

Alejandro Romanutti es cálido, enorme, desmesurado y alegre. Se ríe, hace chistes y, como corresponde en la Colonia, trae una tabla con pan y salame mientras señala con sus brazos largos qué árbol rompió el viento, cuál pared quiere pintar y dónde va abrir un hueco en el techo.

 

“Esperáme un rato, tengo que darle la cena a mi mamá”, dice después y desaparece. A un costado del patio hay un cardo gigante que nació guacho y que Alejandro dejó crecer porque le pareció que quedaba bien. Más allá, detrás de las matas de achiras en flor, a través de una ventana abierta, se ve un cuarto iluminado, una cama ancha cubierta por una colcha amarilla, y, en el centro, recostada, una mujer de largo pelo gris con los ojos cerrados.

 

Una radio suena a todo volumen y la charla alborotada de los locutores llena la habitación. La mujer, callada, tiene las manos sobre el regazo y mueve sus pulgares uno en torno al otro. Entonces entra Alejandro con una bandeja, se sienta junto a ella y la ayuda a comer.

 

“Está enferma y a veces se pierde un poco”, explica más tarde.

 

Desde muy pequeño, Alejandro dibujaba casas y sabía que quería ser arquitecto. Llevaba un diario y allí tenía todo anotado: estudiaría arquitectura, se iría un año de intercambio a algún lugar, viajaría. Se dedicó puntillosamente a cumplir lo planeado, hasta que se cruzó en su camino algo que no había previsto, el teatro. Roberto Videla comenzó a coordinar el grupo Fra Noi de Colonia Caroya, la mayoría de los amigos de Alejandro se sumaron y él se dio cuenta de que también quería estar.

 

“Yo vengo de una familia absolutamente teatral”, cuenta. “A mi mamá y mi papá siempre les encantó ser el centro de atención. Eran una pareja extrovertida, con personalidades muy fuertes, muy atractivas. En los casamientos eran los que más bailaban, se subían arriba de la mesas, hacían locuras. A veces veníamos al cine a Córdoba y cuando salíamos, ellos caminaban por la vereda cantando en voz alta y la gente se paraba para verlos. Yo iba atrás, muerto de vergüenza. Era el más recatado de la familia, pero también tenía esa cosa hedonista, esas ganas de mostrarme”.

 

La primera vez que actuó fue en Macadam, la obra con que Fra Noi cerraba la trilogía sobre Colonia Caroya. El papá y la mamá de Alejandro también actuaron. “Mi papá pasaba andando en bicicleta al revés y mamá hacía de la madre de la novia. Su personaje le pedía al padrino que le abriera la puerta del auto y se subía la pollera hasta los hombros, para que no se le arrugara al sentarse. Era algo que yo estaba acostumbrado a ver en mi casa, cada vez que mi papá y mi mamá salían pasaba lo mismo. Abrime la puerta, René, gritaba mi mamá y se subía las polleras. Se lo conté a Roberto y él dijo que eso tenía que estar y que lo tenía que hacer mi mamá. Ella, encantada. Se levantaba la pollera y le mostraba el culo al público y la gente se mataba de risa”.

 

Junto a Roberto Videla, Alejandro descubrió que en lo que verdad le atraía del teatro era la dirección. “Yo era una máquina de generar ideas”, cuenta. “Mi cabeza andaba a mil y no tenía miedo a echar moco, a opinar. Roberto siempre ha sido muy generoso, me dejaba hacer muchísimos aportes y ahí fue cuando me di cuenta de que lo que más me interesaba era dirigir”. Por eso, cuando Roberto Videla decidió dejar el grupo, su reemplazante natural fue Alejandro.

 

“Yo no tengo formación en teatro”, explica. “Mi maestro, quien me enseñó todo, fue Roberto, pero tener una visión arquitectónica también me ayudó mucho. Soy muy intuitivo y a veces no me doy cuenta hacia dónde van las cosas pero siempre sé qué es lo que quiero lograr escénicamente, y ahí es donde entra la arquitectura. Cuando estoy dirigiendo teatro, yo me siento arquitecto. La arquitectura te obliga a manejar muchas variables, a tener que pensar en la estructura, en la ciudad, en los materiales, todo al mismo tiempo y en el teatro es igual: la idea plástica, la complejidad, la composición, todo superpuesto”.

 

La primera obra que dirigió se llamó Boda. Con ella representaron a Córdoba en la Fiesta Nacional del Teatro y ganaron el primer premio de la región. Entonces, cuando estaban por salir de gira, Alejandro se enteró de que había ganado una beca para irse un año a Londres a hacer una maestría bajo la tutela de Peter Cook, el mítico arquitecto que en los años 1960 fundó el grupo Archigram. De pronto, estaba en una escuela de vanguardia, tomando clases con alguien que admiraba y que tenía una manera desafiante de entender la arquitectura como un arte.

 

“Eso me quebró la cabeza. Siempre me había interesado el arte contemporáneo, pero ahí pude estudiarlo en profundidad, proyectar, hacer obra. Cook incluso me empujaba hacia ese lugar. Me pasé un año trabajando en algo que me encantaba, viendo teatro, muestras, obras. Londres me cambió la vida, me dio seguridad, libertad para crear, para arriesgarme”.

 

Al poco tiempo de volver a Argentina el papá de Alejandro se enfermó y no pudo seguir atendiendo el negocio familiar, un bazar sobre la calle principal de Colonia Caroya. “Yo tenía un hermano cinco años más grande que falleció cuando iba a cumplir 18. Eso fue algo que marcó mucho a mi familia, sobre todo a mi mamá. Desde la muerte de mi hermano fue otra vida. A los 13 pasé a ser hijo único y cuando se murió mi viejo, no había nadie más, así que tuve que hacerme cargo del negocio”.

 

A partir de entonces, Alejandro se mueve entre el teatro, las clases que dicta en la Facultad de Arquitectura y la venta de electrodomésticos y muebles brasileros. “Siempre siento que viví en varios mundos en simultáneo. Por ahí estoy en una reunión de cátedra y me acuerdo de la señora de la Colonia a la que se le rompió la heladera y que me está esperando para que le lleve la nueva. A mí me divierte ese ida y vuelta. Nunca lo pensé como una traba sino como algo que me potencia desde un lugar distinto: es lo que yo puedo dar de diferente, capitalizar la mirada del pueblo y llevarla al teatro desde otro lugar. Por eso creo que uno de los logros de Fra Noi es que siempre hemos hecho obras que en el pueblo pegaron muy bien y en el ambiente intelectual teatral, también. Aunque nos nutrimos de cosas de la Colonia, el Fra Noi trasciende el pueblo”.

 

En 2002 el grupo estrenó La friche, una delicia plagada de mamarrachos y homenajes al carnaval caroyense y, en 2005, 2-4D, donde fueron unos de los primeros en llamar la atención sobre el avance de la soja y el uso indiscriminado de herbicidas.

 

“Somos muy poco prolíficos”, explica Alejandro. “Todos nos dedicamos a otra cosa y nos juntamos sólo una vez por semana. Para hacer teatro, le quitamos espacio a nuestras ocupaciones. De todos modos, somos muy profesionales. Hasta que no estoy absolutamente seguro de algo, no lo muestro. No me permitiría un moco en el teatro. Por eso, la producción es poca pero buena”, dice Alejandro con una carcajada franca y al mismo tiempo, humilde.

 

Entonces, lo interrumpen unos ruidos que provienen de la casa y Alejandro se levanta a ver qué pasa. Ya se ha hecho de noche. El agua brilla en la pileta y se escucha el zumbar de los bichos alrededor de los faroles. Alejandro vuelve al rato, con su andar un poco desgarbado.

 

“Hace poco, mi mamá me dijo que siente que se va a morir pronto”, cuenta. “Y bueno mami, ¿cuál es el problema?”, le contesté yo. “Me dijo que tenía miedo de dejarme solo.”

 

¿Y vos tenés miedo a quedarte solo?, le pregunto. “Sí, antes tenía ese miedo. Aunque soy una persona que está rodeada de gente todo el día, tenía miedo a verme solo en mi casa. Mi mamá es mi único familiar directo. Se murió mi hermano, se murió mi abuela, se murió mi papá y yo decía: se va a morir mi mamá y me voy a quedar solo. Pero ahora ese miedo ya se me fue. Mi único terror ahora es no poder seguir sacando cosas afuera, haciendo proyectos en esta mezcolanza de arquitectura, de arte, de teatro. Me daría miedo no poder seguir haciendo todo esto”.

 

Le digo: ¿Qué te hizo cambiar de opinión? Alejandro duda, baja la vista, tal vez un poco avergonzado.

 

“Lo que pasa es que la situación con mi vieja es bastante complicada y bueno, entiendo que ya no hay mucho que hacer. Por eso le dije que se quedara tranquila, que voy a estar bien”.

 

PERFIL

 

ALEJANDRO ROMANUTTI nació en colonia caroya en 1963. es arquitecto egresado de la UNC. En 1999 ganó la Beca del Fondo Nacional de las aArtes y el British Council que le permitió cursar la Maestria en diseño arquitectónico de la Bartlett de Londres. DEsde hace 24 años se dedica al teatro junto al grupo de teatro Fra Noi, al que dirige desde 1996 y con el que ha ganado numerosos premios. Es docente de grado en el área de Historia y ciencias sociales de la Facultad de Arquitectura de la UNC y la Universidad Blas Pascal y de Posgrado en la Universidad Católica de Córdoba. Ha incursionado en la plástica desde la fotografía y desde su actividad teatral y arquitectónica. En los próximos meses repondrá la obra 2-4 d. Se encuentra en proceso una nueva obra de creación colectiva que todavía no tiene nombre y que espera estrenar este año.

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