Adolescentes: frente a la violencia, encender la conversación literaria
Por: Colazo Álvaro, Licenciado en Letras, profesor de Literatura en institutos de Formación Docente, y Director de Carreras en la Universidad Blas Pascal (UBP)
El 30 de marzo pasado, la ciudad de San Cristóbal, provincia de Santa Fe, se vio sacudida por un hecho que estremeció a todo el país: un estudiante abrió fuego dentro de su propia escuela. El resultado fue trágico: un adolescente muerto y ocho heridos. El autor del tiroteo, hoy bajo custodia judicial, tenía apenas quince años.
Poco después se sabría que el joven pertenecía a la comunidad de Discord True Crime Community (TCC), un foro en el que adolescentes de todo el mundo ensalzan a figuras violentas que perpetraron masacres escolares, como la tristemente célebre de Columbine. Hace años que este y otros espacios virtuales similares se vienen gestando en la oscuridad de las pantallas, a la sombra de otros jóvenes y de los adultos.
Frente a esta realidad, la pregunta de docentes, padres, familias, es la misma: ¿cómo sabemos qué les sucede a nuestros jóvenes, cuáles son sus deseos, sus angustias, sus búsquedas más íntimas, en un momento de la vida en que la construcción de la identidad resulta un camino plagado de incertidumbres, y en que cualquier paso en falso puede dejar huellas que perduran? ¿De qué manera recuperamos ese lazo?
Un posible camino para ese reencuentro con ellos es la conversación literaria.
Maryanne Wolf, investigadora del cerebro lector y autora de Lector, vuelve a casa, describe cómo el acto de leerles a nuestros hijos, hermanos, sobrinos, nietos, genera algo que va mucho más allá de las palabras: un tiempo en el que adulto y niño/adolescente están unidos en una interacción atemporal, con plena atención por parte de ambos. Ese gesto aparentemente simple construye vínculos sólidos. Y cuando los adultos dejamos de hacerlo para darle lugar a las pantallas, estamos cediendo un espacio que es, en realidad, el espacio del vínculo.
Wolf advierte también que la lectura profunda en soporte papel activa procesos cognitivos y emocionales que el scrolleo no alcanza: el pensamiento analógico, la inferencia, la capacidad de ponerse en el lugar del otro. Leer con atención sostenida, volver atrás en una página, perderse en un párrafo, entre otros quehaceres lectores, son gestos que moldean la manera en que pensamos y en que sentimos. Y esos hábitos, señala Wolf, se forman, o se pierden, durante la infancia y la adolescencia.
Hay un dato que la autora trae a colación y que resulta perturbador: en las últimas dos décadas, los niveles de empatía en los jóvenes cayeron un 40 por ciento, con una aceleración marcada en los últimos diez años. La literatura, plantea Wolf, es uno de los pocos espacios en que aprendemos a habitar la perspectiva del otro: a entrar en sus sentimientos, sus fantasías, sus dudas, y volver de ese viaje con algo propio expandido.
Para que esto sea posible, tenemos que volver nosotros mismos a los textos literarios. A menudo reprochamos la falta de lectura en los jóvenes, o el uso excesivo del celular, cuando solemos adoptar las mismas prácticas que criticamos. Los hábitos sólo se transmiten por contagio, por la experiencia cotidiana de ver cómo alguien querido elige y habita un libro.
Un adolescente que escucha a sus padres hablar de lo que leyeron, que participa aunque sea al margen de una conversación sobre una novela, una serie o una película, recibe la experiencia de la palabra que importa, de que hay mundos que merecen habitarse con paciencia.
Una pregunta simple, como ¿Qué estás leyendo? puede ser el comienzo de una conversación mucho más profunda. No se trata solo del argumento de un libro, sino sobre lo que ese argumento nos dice a nosotros, sobre lo que nos inquieta, sobre el mundo que estamos tratando de comprender juntos.
El tiroteo de San Cristóbal, entre otros hechos dramáticos y vigentes, visibiliza a una generación que formó comunidad en los rincones más oscuros de internet, porque no la encontró en ningún otro lugar. Más allá de las acciones legales sobre esos foros, la pregunta clave es qué estamos ofreciendo en su lugar, para promover sentido de pertenencia.
Lo que un adolescente busca en una pantalla, llámese comprensión, identidad, sentido, es exactamente lo que la literatura lleva ofreciendo desde que los seres humanos comenzaron a contar historias: esa búsqueda se construye despacio, en conversación, entre personas que se leen y se escuchan. Y para acompañar el proceso, la tradición lectora y literaria en nuestro país es extensa: desde los cuentos de Lugones o la poesía de Storni, pasando por Cortázar o Gorodischer hasta los autores consagrados de hoy, como Schweblin, Falco y otros, en un largo etcétera, los clásicos y contemporáneos están ahí para ser el punto de encuentro.
Michele Petit, en El arte de la lectura en tiempos de crisis, afirma que “mitos, cuentos, leyendas, poesías y novelas dan la ilusión de que el tiempo mismo podría ser capturado en la red de las palabras. A final de cuentas lo que permite la literatura es conjurar la muerte: las historias transmitidas nos insertan en un infinito que todos reclamamos”.
En fin, se trata de recuperar los relatos, las palabras, las narraciones, para volver a encender el fuego de la conversación.
Textos mencionados: Petit, Michele (2008) El arte de la lectura en tiempos de crisis. Océano, Wolf, Maryanne (2020) Lector, vuelve a casa. Deusto.