Copa Mundial FIFA 2026: un espectáculo del poder global

8 junio 2026

Por Mgter. Adrián Tuninetti, director de la Licenciatura en Relaciones Internacionales de la UBP

La Copa del Mundo 2026 está a punto de comenzar y, como toda cita mundialista, está envuelta en un escenario que desborda lo estrictamente deportivo. El evento ecuménico que por primera vez en la historia tendrá triple sede, está atravesado disputas geopolíticas y problemáticas sociales y económicas que, antes de rodar oficialmente la pelota, ya carga con tensiones.

Esta edición de la Copa Mundial ya comenzó por una decisión de la FIFA controversial: otorgar la organización a tres países como sede. La búsqueda de una unidad continental norteamericana está lejos de concretarse y la competencia que pretende ser vista por más de cinco mil millones de personas en todo el planeta, se presenta como un teatro de operaciones políticas, desigualdades sociales y alianzas fracturadas, con la FIFA y sus patrocinadores por detrás buscando sacar el mayor rédito posible.

La geopolítica mundial sale a jugar

Durante el presente año, la administración de Donald Trump ha llevado a cabo acciones que desestabilizaron el poco orden global que subsiste: la intervención en Venezuela, la confrontación diplomática por Groenlandia, la creciente presión a Cuba y la guerra desencadenada en Irán, marcan el ritmo de la política internacional y en ese escenario los ojos del mundo entero estarán posados en la región norteamericana a causa del mundial de la FIFA.

En un hecho absolutamente inédito en la historia de los campeonatos mundiales, el país anfitrión de la Copa se encuentra inserto en un conflicto militar con una de las naciones clasificadas. El ataque mutuo entre Estados Unidos e Irán representa un hecho de guerra que la FIFA no puede obviar y que debería actuar en consonancia con otras situaciones similares, como, por ejemplo, cuando excluyó a Rusia de las competencias internacionales luego del ataque a Ucrania en 2022.

La selección iraní jugará sus tres partidos de fase de grupos en suelo norteamericano y, para sumar incertidumbre, podrían enfrentarse en octavos de final en Los Ángeles. Luego de las amenazas de Trump hacia la delegación iraní diciendo que “es bienvenida al Mundial, pero realmente no creo que sea apropiado que estén por su propia vida y seguridad”, las autoridades iraníes solicitaron a la FIFA garantías para su participación. Infantino ha declarado que su participación no correrá riesgo en ningún sentido, no obstante, se decidió trasladar el centro de entrenamiento de la ciudad de Tucson en Arizona a Tijuana, en territorio mexicano, luego de una reunión con autoridades de la FIFA en Estambul.

Trisede: tres políticas distintas

Cuando se anunció en 2016 que Estados Unidos, México y Canadá se candidateaban para esta edición de la Copa Mundial, la promesa fue crear “una Copa más inclusiva y universal que nunca”. A pesar de esas promesas iniciales, los acontecimientos han demostrado lo contrario. La administración de Donald Trump ha llevado adelante acciones para desmantelar el TLCAN de 1994, ha impuesto nuevos aranceles a sus vecinos, ha amenazado en convertir a Canadá en el Estado número 51 de la unión y ha declarado que estaría dispuesto a realizar una intervención militar directa en territorio mexicano contra los cárteles de la droga. En medio de toda esa disputa, estará enmarcada la organización de esta Copa del Mundo.

Aunque existe un comité organizador del evento que está conformado por representantes de alto nivel de los tres Estados, poco se ha reunido, lo que lleva a una descoordinación sin precedentes en la historia de los mundiales y se ha transformado a una especie de tres Copas del Mundo separadas: habrá tres ceremonias inaugurales, una por cada país.

En el caso canadiense, este campeonato se encuadra en un momento en que el fútbol tiene una popularidad sin precedentes, debido a oleadas inmigratorias de países afrocaribeños y latinos, que llevó nuevas generaciones de canadienses se representen en este deporte y no en el hockey sobre hielo. No obstante, las críticas de la sociedad canadiense se centran en los gastos que el gobierno destina para la infraestructura (se habla de más de USD 1000 millones de dólares) para sólo dos sedes y trece partidos, como así también el temor por el colapso del sistema de salud, en medio de recortes en ese aspecto por el gobierno de Mark Carney.

En el caso de México, por primera vez un país será tres veces sede del evento luego de 1970 y 1986. El gobierno de Claudia Sheinbaum, ha tomado el campeonato como una plataforma de visibilización y acciones sociales. Sin embargo, se enfrenta a amenazas de boicots por parte de sectores de docentes y de movimientos sociales que prometen acciones para visibilizar sus demandas. Además, la principal preocupación será la seguridad. El flagelo del narcotráfico está presente también en el fútbol mexicano, con enfrentamientos entre cárteles en los partidos, lavado de dinero de la droga a través de los clubes y jugadores famosos envueltos en vínculos con narcotraficantes. La violencia se representó de la peor manera a inicios de año cuando se desenterraron cadáveres cerca del estadio en Guadalajara y la violencia derivada de la muerte del capo de la droga El Mencho a manos del ejército. La FIFA exigió al gobierno de México reforzar la seguridad y así, una fuerza especial de más 100 000 efectivos estará destinada a ello.

Sin embargo, la mayor parte de las miradas estarán en Estados Unidos, ya que 78 de los 104 partidos se disputarán en suelo estadounidense. Luego de la edición de 1994, el crecimiento del fútbol en Estados Unidos ha sido rotundo: sumado a la siempre potencia en fútbol femenino, la Major League Soccer (MLS) ha logrado expandirse a través la realización de grandes eventos deportivos (como el mundial de clubes o las Copas América de CONMEBOL), la creciente comunidad latina que consume el deporte, la presencia de figuras mundiales como Lionel Messi o el aumento del valor de los derechos televisivos de ligas europeas en el mercado local, son muestras de su popularidad, coronado con la organización de esta edición.

La política interna estadounidense estará presente en el campeonato. La mayor incertidumbre estará en el marco de las acciones que el ICE y la Guardia Nacional llevarán a cabo en las distintas ciudades para combatir la inmigración ilegal, pero sin dudas serán cautelosas, para no causar una impresión negativa, ante los ojos del planeta. La administración Trump en línea con su política dura respecto a la inmigración ilegal, restringió por completo los visados para países como Irán, Senegal, Costa de Marfil y Haití, todos clasificados al evento y, a su vez, los ciudadanos de más de doce países, podrán acceder a las visas, pero deberán pagar fianzas de entre cinco mil y quince mil dólares para viajar.

La alianza Trump-Infantino

El presidente de la FIFA, Gianni Infantino ha coronado una alianza estratégica con el Presidente norteamericano, que no sólo es económica y política, sino también de carácter personal. Infantino estuvo presente en la investidura de la segunda presidencia de Trump; formó parte de la comitiva que estuvo en el Foro de Davos a comienzo de año; fue invitado de primera línea en la inauguración de la “Board Of Peace” (la ONU trumpista); la FIFA inauguró una oficina central en la Trump Tower de Nueva York y hasta le obsequió el trofeo del Mundial de Clubes, al punto que la FIFA tuvo que encargar la fabricación de otro para entregar al campeón del evento. El corolario de todo fue en el sorteo de la Copa del Mundo en noviembre de 2025, cuando le otorgó a Donald Trump el “Premio FIFA de la Paz”, un trofeo consuelo al presidente norteamericano luego de no recibir el premio Nobel de la Paz, que tanto ansía. Finalmente, en medio del evento y como festejo por los 250 años de la independencia de Estados Unidos, el día 4 de julio la FIFA anunció que los partidos que se disputen en Houston y especialmente en Filadelfia, considerada la ciudad cuna norteamericana.

Un mundial para unos pocos

La FIFA ya había anunciado que las entradas a los partidos tendrían un aumento significativo respecto a Qatar 2022, siendo en algunos casos de cuatro veces más caro. También se hicieron cambios en las distribuciones de las ubicaciones: las entradas más caras representan aproximadamente el setenta por ciento de los asientos (una entrada para la gran final del 19 de julio cuesta aproximadamente 1200 dólares), mientras que las categorías más baratas ubicadas en lugares poco visuales y aun así cuestan alrededor de 500 dólares sólo para la fase de grupos.  

Sumado a ello, el costo de los traslados de una sede a otra se ha cuadruplicado en algunos casos. El estacionamiento en el SoFi Stadium de Los Ángeles costará 300 dólares, mientras que el Tren de Nueva York a Nueva Jersey, pasó de costar 13 dólares a valer hoy casi 150. Es por eso que esta edición de la Copa es una edición altamente elitista, pensada para apenas unos pocos que puedan abonar el precio de entradas, los traslados y los alojamientos. A su vez, las intimidaciones migratorias están conspirando para que el evento no sea masivo. Esto representa una barrera para la popularidad que tiene el fútbol y ya tiene consecuencias: más de la mitad de las reservas en hoteles en diferentes ciudades han sido canceladas por la baja demanda.

Finalmente, otra cuestión a analizar serán los desafíos climáticos: calor extremo, sequías prolongadas y eventos meteorológicos han hecho que la FIFA aplique el “rain delay” y la obligatoria pausa de hidratación. En ese contexto, luego de vanagloriarse de la compensación de huellas de carbono y de credenciales ecológicas en Qatar, en esta edición las emisiones de carbono serán las mayores de la historia, debido a las enormes distancias entre las sedes, la movilización del público, la cantidad de equipos y de partidos a disputarse. No obstante, la FIFA guarda silencio al respecto, uno de los motivos puede ser el nuevo patrocinador de la entidad: la empresa petrolera saudí ARAMCO que fomenta y promueve el uso de energía convencional y también por la postura de la administración de Trump respecto a la cuestión climática.

Lo que realmente sucederá es una gran incógnita; no obstante, en la final del 19 de julio, donde la FIFA ha organizado un “espectáculo de medio tiempo” al estilo del Super Bowl norteamericano, de entre veinte y treinta minutos con figuras como Shakira, Madonna o BTS, Trump no desaprovechará el momento cuando entregue la copa al ganador ya que estará en el centro de la escena mundial.

En definitiva, el mundial 2026 será un escenario donde la política interna, las tensiones regionales, las problemáticas sociales y la geopolítica global estarán presentes nuevamente como en cada cita mundialista. Lo cierto es que el fútbol es político y la FIFA cumple un rol central como actor global, al punto que Henry Kissinger, el ideólogo de la política exterior norteamericana siempre decía “el único cargo con el que aún sueño es el de ser presidente de la FIFA”.

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